La
revolución de Alejandro Magno provocó el hundimiento de la
ciudad-Estado, la Polis; tras su muerte comenzó un nuevo período
convulso, sobre el que las fuentes nos transmiten prosperidad. Los
valores morales de la Grecia clásica no sintonizaron con los nuevos
tiempos y pasaron al recuerdo. Entre los factores del cambio que
intervinieron, el más importante es la aparición de una unificación
cultural gracias a la lengua
griega (koiné), pero sin provocar la desaparición de las lenguas del
territorio y sus actividades culturales asociadas. Otro factor es el
cosmopolitismo, donde el ciudadano pasó a convertirse en
súbdito: ética y
política se separaron, el hombre hubo de buscar una nueva identidad
y surgió el individuo. La decadencia de Atenas llevó a
Rodas, Pérgamo y Alejandría a que se conviertan en representantes
de la unidad cultural. No era un período de paz, aunque circulaba un
gran optimismo, gracias al movimiento de un gran capital, a que
había múltiples oportunidades y a que el componente griego se hacía
universal. Al surgir el individuo,
sus valores se universalizan, Estado y sociedad se divorcian y el
distanciamiento del primero hará que no se convoque al segundo. El
individualismo proporcionará mayor autonomía, movilidad y libertad
(pérdida de la conciencia de comunidad). Al hacerse el hombre
portador de valores propios los cambios afectaron a las artes,
surgieron otros modelos literarios y la
filosofía no fue una excepción; en este último aspecto
surgirán nuevos pensadores de una nueva filosofía -la helenística-
contemporáneos de Aristóteles: Diógenes, el creador del cinismo,
Pirrón, del escepticismo; un poco más tarde, Epicuro (epicureísmo)
y Zenón (estoicismo); todos ellos aportaban innovaciones, mientras
que Aristóteles (amigo y maestro de Alejandro) intentaba salvar el
legado de la Grecia clásica. En el siglo III a. de C., llega el
verdadero final del mundo griego, pero Grecia ha dejado un gran
legado y un futuro abierto, que serán el campo de cultivo para
nuevas respuestas, nuevos discursos (epicureísmo, cinismo,
estoicismo, escepticismo), que darán lugar a escuelas que
recuperarán la sabiduría. Este es el mundo que conocerá el
cristianismo.

(Diógenes en su barril-vivienda).
Surge como una respuesta potente al
Helenismo, con un discurso nuevo y negativo,
creado para infundir objetividad.
Cínico hace
referencia al perro,
el cual gozaba de mala fama en Grecia. Antístenes,
un discípulo de Sócrates, fundó la “escuela”. Los cínicos son
considerados como precursores de los escépticos y los estoicos.
Diógenes Laercio lo denominó forma “esforzada” surgida en un
momento de crisis, y nos cuenta que Antítenes solía afirmar ,“antes
enloquecer que sentir placer”. En general, el cínico era estimado
como el hombre al que las cosas del mundo le eran
indiferentes. Antístenes
prolonga el diálogo socrático, se opone al discurso platónico y
rechaza la existencia de los universales:
se basa en el poder del lenguaje
y no en las Ideas, encontrando en el primero la sabiduría. Propone
la crítica lingüística, atribuyendo
más importancia a las palabras para expresar los conceptos que a
éstos en sí.
La moral de Antístenes es la de la autenticidad;
hay que romper con las convenciones y recuperar la vida natural.
Llamó la atención de Diógenes de Sínope,
quien quiso ser su discípulo; pero el que sería su maestro se
negó, y llegó a ser tan obstinado (anécdota del bastón) que no le
quedó otro remedio que aceptarlo. Diógenes fue su único discípulo
y el máximo exponente del movimiento (fue contemporáneo de
Alejandro, aunque mayor que él). Hay noticias de que molestó a
Platón con sus puyas. Llevó hasta sus últimas consecuencias
(adopta postura radical)
la doctrina de Antístenes. Diógenes fue coherente con sus
preceptos, poniéndolos en práctica, lo que hizo que se lo
considerara como algo extraordinario. Rompe con la imagen clásica
del hombre griego y propone una nueva imagen paradigmática: el
hombre que vive al margen de convenciones sociales, caprichos, leyes,
fortuna, etc. Su programa de define así: “busco al hombre”
(anécdota del farol a plena luz del día), transmitiendo la idea de
encontrar al hombre fiel a su naturaleza, que vive conforme a ella y,
por lo tanto, sabe ser feliz . Quería demostrar que el
hombre siempre tiene a su disposición todo lo que necesita
para ser feliz, si se da cuenta
de que cuáles son las necesidades reales de su naturaleza.

Declaró
la inutilidad de las matemáticas, la física, la astronomía, la
música y de las construcciones metafísicas, convirtiéndose el
cinismo en la filosofía más anticultural que se haya conocido en
Grecia y Occidente. Declaraba que las necesidades del hombre son las
que provienen de su
animalidad (anécdota
del ratón), es decir, vivir sin las metas que la sociedad
nos impone como necesarias: la
casa (vivía en un tonel), la vivienda fija y las comodidades que
brinda el progreso (anécdota de la capa).
En
el relato de las anécdotas vemos cómo Diógenes puso en práctica
sus teorías, pues pensaba que esta forma de vida coincidía con la
libertad, ya que cuantas más necesidades superfluas se eliminen, más
libre se es; propone posturas transgresoras (anécdota de las huesos
en el banquete y la del escupitajo en la mansión) de animalidad
absoluta. Resumía el método que conduce a la libertad y la virtud
en dos puntos: el ejercicio y la fatiga, para
acostumbrar al cuerpo y al espíritu a las imposiciones de la
naturaleza, y habituar al hombre a dominar y despreciar los placeres
(que ablandan el cuerpo y el espíritu), pues convierten al hombre en
esclavo; de este modo surge el dominio propio
y se ejerce en la dimensión corpórea (natural).
Sustituía el matrimonio por convivencia acordada entre hombre y
mujer, y discutía la ciudad pues se proclamaba ciudadano del mundo:
ninguna ciudad puede sustituir el valor del individuo (coincide con
la eclosión del individualismo), pues sus mecanismos cierran el
acceso a la realidad natural (los deseos del hombre).
Para el cínico, la
libertad conduce a la autarquía
(bastarse a sí mismo), junto con la apatía y la
indiferencia; éstos eran los
objetivos, pues para estar satisfecho le bastaba con sol (anécdota
visita de Alejandro), que es lo más natural y está a disposición
de todos; el poderío de Alejandro le parecía inútil a Diógenes,
pues la felicidad procede del interior del hombre. Y se vanagloriaba
del calificativo de perro; decía, “meneo alegremente la cola ante
el que me da algo, ladro ante el que nada me da y muerdo a los
bribones”.
El
cínico afirma que la ruptura provocada por la crisis es la
oportunidad para encontrar al HOMBRE MAGNÍFICO (se
contrapone a la condición del dios); este tipo de hombre toma
conciencia de su propia naturaleza, de sus deseos. Se ha creado la
conciencia del hombre seguro de sí mismo
(el “hombre” que buscaba Diógenes en la anécdota del farol a
plena luz del día) que ya no puede ser el mismo hombre del marco de
la filosofía clásica. Nietze hablará del SUPER HOMBRE que rompe
con las barreras de la cultura, la civilización y encuentra la vida
liberada, la vida del deseo puro.
En
definitiva, la ley que impone la ciudad es responsable de
la infelicidad y “dejar
vivir” es una reincorporación a la naturaleza (estado de
naturaleza), como es la vida
del perro, libre, natural, y así se recupera la animalidad. Éste es
el fundamento del cinismo: animalidad (felicidad) frente a
civilización (infelicidad); naturaleza (libertad, deseos) frente a
cultura (lazos opresores). Los
cínicos llegaron en la libertad de acción hasta el descaro, la
arrogancia y extremos licenciosos, para demostrar que
en las costumbres griegas no había naturalidad;
estos excesos explican la carga negativa con la que el término
cínico ha pasado a la historia.
(Diógenes busca a un Hombre, en pleno día).
Discípulo de Diógenes fue Crates, una de las figura más
significativas del cinismo, quien afirmaba que las riquezas y la fama
constituyen males para el sabio, mientras que la pobreza y la
obscuridad son bienes: el sabio debe ser apátrida, pues la polis no
es su refugio. Crates se deshizo de su fortuna y posesiones, y
concedió a su hija en matrimonio a prueba durante treinta días.
Durante el siglo III a. C. hay noticias de un cierto número de
cínicos; destaca la diatriba, una forma literaria que
consiste en un diálogo breve, popular, a menudo en lenguaje mordaz y
de contenido ético; es un diálogo socrático redactado con estilo
cínico.
Durante los últimos siglos de la era pagana el cinismo empezó a
languidecer hasta agotarse su contenido interno; además su discurso
era incompatible con el sentido ético romano.